Las salidas al tormento: del "Gran Inquisidor" a Nietzsche

 El problema del libre albedrío en 'Los hermanos Karamázov' (2ª parte)

En febrero publiqué un texto acerca de lo que denominé "El problema del libre albedrío". En él usaba las apariciones de Iván, personaje de la novela 'Los hermanos Karamázov', para ilustrar que la afirmación de la libertad del ser humano hasta sus últimas consecuencias deriva en un sentimiento de desarraigo al descubrir la invalidez, en uno mismo, de los fundamentos bajo los cuales se había construido la moral occidental. Vistas las graves consecuencias que una vida amoral - aquella que, según Iván, se presenta como consecuencia lógica a este descubrimiento -, planteaba la siguiente pregunta: ¿es preferible asumir la libertad humana, pese a sus riesgos y la angustia que genera en quien la considera en todo su peso, o debemos rendir nuestro albedrío a una unidad de sentido ética y existencial que, a cambio, nos otorgue seguridad y nos haga felices? Este texto profundizará en la cuestión de la mano del propio Dostoievski y la contrastará con un autor contemporáneo suyo con las mismas sensibilidades, Friedrich Nietzsche.

En el ecuador de 'Los hermanos Karamázov', Aliosha tiene una entrevista con su hermano Iván con el objetivo de conocer a fondo sus pensamientos acerca de la cuestión sobre la existencia de Dios. Tengamos en cuenta la metáfora que hay detrás del término Dios: no sólo se trata de la entidad en sí misma, sino lo que ella supone; en lo que nos compete, la moral y sus consecuencias en el individuo. En este momento de la novela, Iván confesará que se considera desprovisto de las capacidades necesarias para dar respuesta a esta pregunta y únicamente declarará que, desde una mentalidad humana demasiado humana, no puede aceptar el sufrimiento del mundo, aún si tras éste y de forma necesaria se halle la felicidad eterna. Tras semejantes declaraciones, que cuestionan los ideales más profundos del pobre Aliosha, Iván le recita un poema suyo, titulado 'El gran inquisidor'. En él se defiende la necesidad de la moral originada por el catolicismo romano, cuyo fin es, según argumenta, aliviar la existencia a los hombres y asegurar su felicidad.

La acción del poema tiene lugar en la Sevilla del siglo XVI, en pleno auge de autos de fe por acción de la Inquisición. Inopinadamente, Él decide descender de los cielos "a visitar a sus hijos". Tras obrar un par de milagros frente a la Catedral de Sevilla, el cardenal - el Gran Inquisidor - aparece y ordena su captura cual reo. Llegada la noche, el Gran Inquisidor se persona en su celda para reprocharle los errores que Él cometió cuando convivió con los hombres. Argumenta que no tiene derecho a añadir nada a lo que afirmó hace mil quinientos años, pues atentaría contra la libertad (de fe) que tanto defendió y que tantos sufrimientos ha causado, tornando en balde los esfuerzos que el cardenal y su grupo han realizado, durante generaciones, por sustentar de nuevo a la humanidad. En efecto, Él resistió a las tres tentaciones del diablo para no forzar la creencia religiosa de las personas. No obstante, al afirmar la libertad de los hombres, "una libertad que temen y que les asusta", les condenó a siglos de sufrimiento, "porque nunca ha habido para el hombre y para la sociedad humana nada más insoportable que la libertad". Tengamos aquí en cuenta que el sufrimiento es, para Iván, un precio muy caro para la salvación, sobre todo en el inocente - y el ser humano no tiene la culpa de ser libre -. De hecho - y expresando las preocupaciones del autor - él lo ha sentido al haber llevado el concepto de libertad al límite: la libertad descubría la ausencia de fundamento y la amoralidad de nuestras acciones. Esto lleva al hombre al caos y al sinsentido. Siguiendo al ruso, "el misterio de la existencia humana no consiste únicamente en vivir, sino en saber para qué se vive"; de ahí que, tan pronto como el hombre se descubre libre, necesita hallar un fundamento que alivie su pesar. En palabras del autor:

 "Para el hombre no hay preocupación más constante y penosa que la de descubrir lo antes posibles, apenas alcanzada la libertad, ante quién inclinarse. Mas lo que busca el hombre es doblegarse ante algo que sea indiscutible, tan indiscutible que todos los hombres accedan a reverenciarlo con unanimidad."

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Dostoievski - coincidiendo con Nietzsche - señala a una misma causa: el progreso científico. Los avances científicos y técnicos - y su influencia en la Ilustración y en el liberalismo - promovieron una visión determinista de la realidad, que ahora podía ser descrita y prevista racionalmente. Ante la luz de la razón, las explicaciones míticas de la realidad se fracturan. Pensemos, por ejemplo, en cómo Charles Lyell y Charles Darwin ponían en jaque las tesis creacionistas del mundo, respectivamente, con el gradualismo geológico y la teoría de la evolución; ambos en el siglo XIX. Ante esta situación, insisto, cayó el sentido por el cual el hombre vivía y la semilla del tormento fue sembrada. Y como, en opinión de Dostoievski, el colectivo humano no está capacitado para cargar con el peso que conlleva la conciencia de su situación, el ruso reclama la pervivencia de la moral religiosa, que al establecer los cánones de lo bueno y lo malo, libera al hombre de este peso y permite que la felicidad - una felicidad fundamentada en la subordinación de la conciencia para liberarnos de la angustia - sea posible. 

Durante esta argumentación, a Dostoievski no le tiembla la pluma al afirmar que esta felicidad es "de seres débiles". Creo que esto hace emerger una pregunta natural: ¿es ésta la única salida? La obra de Friedrich Nietzsche nos demuestra rotundamente, a golpe de martillo, que no.

Nietzsche ha sido un autor ampliamente interpretado prácticamente desde su concepción, y no es para menos. El alemán posee un estilo intencionadamente ambiguo para que el lector colija sus propias deducciones. Esto no implica que no pueda rastrearse cierta continuidad en su pensamiento. Una de sus lecturas más aceptadas es aquella que le entiende como promotor de una libertad que responde a la moral europea de finales de siglo XIX - es decir, a aquella que Dostoievski esboza someramente en su poema -. Como veremos a continuación, a raíz del mismo descubrimiento, las conclusiones que el germano deriva son diametralmente opuestas.

El estudio de la libertad de Nietzsche parte, curiosamente, de la tragedia griega. En 'El nacimiento de la tragedia', el alemán analiza la actitud trágica que representan los protagonistas de las tragedias - como Edipo - para descubrir un denominador común en todas ellas. Según afirma, la acción de las obras griegas no está orientada hacia un fin, sino que demuestran una lucha ciega de fuerzas entre los distintos personajes de las obras e incluso contra los mismísimos dioses. Esto le demuestra al espectador que la acción humana forma parte de la estructura del mundo; y por tanto, que nuestros actos pueden influir en su acontecer. Para Nietzsche, la libertad es una posibilidad cosustancial a la vida humana por la que hay que luchar. La tragedia griega, como parte fundamental de su cultura, aleccionaba al espectador a adoptar la única actitud que podía otorgar al individuo una verdadera sensación de plenitud.

Ha de matizarse que esta afirmación de la libertad no concluye, como si cree Dostoievski, en la inmoralidad. El germano considera que la moral sigue siendo necesaria para la vida en sociedad, pues evita que caigamos en la barbarie y en la animalidad. La moral debe acompañar y propiciar la libertad, no ir en contra de ella. Por ello reniega la existencia de una diferenciación universal entre el bien y el mal en favor de una moral más pragmática que asegure la convivencia y potencie la libertad. Dicha moral ni dictamina ni valora lo que puede o no puede hacerse dentro de unos estándares razonables. Estos 'estándares' siguen el criterio de la salud y el de la enfermedad: sanos son aquellos que potencian la aptitud, enfermos los que promueven la incapacidad. Una moral sana, por tanto, es aquella que nos capacita para la lucha por la existencia, para la ejecución de nuestra libertad. De esta manera, a partir de cómo conciben la relación del hombre con la libertad y según lo piensan individualmente o en conjunto, se establece un claro contraste - si así quiere verse, de actitud - entre ambos autores. Por un lado, Dostoievski encontraba en la libertad un síntoma de la necesidad de fundamento, en tanto que de sus consecuencias defiende la necesidad de una moral dogmática para lograr la felicidad. Por otro, Nietzsche hace de ella el fundamento de una nueva moral, cuyos valores superen los anteriores - en el sentido de que son posteriores y van más allá - y pretenden lograr que esa posibilidad de libertad se efectúe. Una vez más, parece que de las mismas hipótesis llegamos a conclusiones opuestas. ¿Cuál de ellas, si la hay, es la correcta?

Tras este viaje por los argumentos de ambos autores, creo que hay dos hechos a destacar. La primera es que espero haber demostrado que tanto la literatura como la filosofía, con sus métodos, pueden enfrentarse a cuestiones y sensibilidades de calado. Las novelas de Dostoievski giran en torno a la pregunta acerca de Dios, mientras que Nietzsche emplea el teatro para iniciar su crítica a la modernidad. La segunda, y quizás más importante, es que, como avisaba en febrero, la cuestión que abría al principio no tiene una respuesta definitiva. Lo siento, pero como suele ocurrir en la filosofía, sentar una tesis y lograr que sea universalmente validada es imposible. Podemos presentar críticas y contraargumentaciones ad infinitum. Resulta que Dostoievski concibió 'Los hermanos Karamázov' como la primera parte de un segundo libro, centrado en Aliosha, mucho más sustancial en lo que a este discurso se refiere. Mientras, a Nietzsche se le ha tachado, cuanto menos, de aristocratizante. Hasta el 'Poema del gran inquisidor' encuentra, al final del libro, una segunda parte - llamada 'El cataclismo geológico' - que, en cierta medida, contraviene la primera. 

Dadas las circunstancias,  creo que lo más sabio es quedarnos con la constatación de que ahí hay un problema sin resolver, con el ejercicio mental por tratar de explicarlo y con la belleza de tales exposiciones. Entiendo a Iván, quien no puede dar una respuesta terminal, definitiva. Y aunque no creo que debamos dejarnos atormentar como él, desde luego que podemos disfrutar de aquello que se ha sentenciado hasta ahora: descubre nuestro supuestos y nos proporciona herramientas para reinterpretar nuestra vida.




Aquejado por su enfermedad mental, Iván comenzó a sufrir alucinaciones. Esta vez se le presentó el mismísimo diablo, quien comenzará a evocar ciertos pensamientos suyos que otrora tuvo. En esta ocasión, pronunció el siguiente monólogo: 
- "En cuanto la humanidad haya renunciado a Dios [...], el viejo modo de entender el mundo y, sobre todo, la antigua moral se derrumbarán por sí solos, [...], y todo se renovará. Los seres humanos se unirán para exprimir la vida de cuanto ésta pueda dar, pero, por supuesto, sólo para lograr la felicidad y la alegría en este mundo. [...]. La cuestión es si es posible que semejante era llegue o no alguna vez. [...] Pero, como quiera que, dada la contumacia de la estupidez humana, esto no puede producirse ni en mil años, todo aquel que tenga ya la conciencia de la verdad está en su derecho de vivir como le plazca con arreglo a los nuevos principios . En este sentido, para él "todo está permitido". [...]. Todo esto está muy bien, solo que, si quieres hacer lo que te dé la gana, ¿para qué, me pregunto, necesitas aprobación ni permiso?"


Cuadro: El ángel herido, Hugo Simberg (1903)

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